domingo, 10 de enero de 2010

Hospital de Quilpué


Cuarenta de fiebre. Me mareo, las cosas se mueven para todos lados, mi mamá está incondicionalmente junto a mí. Detesto este olor, entre suero, cloro y huevadas de limpieza.

Me siento en esta “sala de espera, sin esperanza” y el asiento es tan incomodo como una butaca de cine porno. Esta fiebre maldita me está haciendo ver cosas que no son. Son las once de la mañana y veo desfigurarse el rostro de Felipe Camiroaga en la pantalla del televisor de la sala, tampoco distingo lo que hablan, siento como si estuvieran en cámara lenta. Guaguas llorando, abuelos quejándose, su……dor, dolor…. de cabeza, se me cie…rran los……………ojos.

Despierto de golpe con el ruido de los vidrios quebrados que dejó una ambulancia que entró con todo a la sala echando abajo la puerta y los ventanales. Dejó a dos personas heridas que fueron atendidas inmediatamente.

Las caras de todos lo que estaban ahí ahora tienen una sonrisa incrustada que da miedo y se ríen a carcajadas de los chistes fomes de Álvaro Salas en el matinal. La ambulancia sigue ahí, nadie se ha bajado o a nadie han bajado y tampoco a nadie le importa, ¡están cegados con el humor repetido de Álvaro Salas!  Una madre muy joven va con su hijo en brazo y se acercan a la ventanilla de informaciones.

-Muy muy bueeeenos días, es un placer que usted haya preferido nuestro hospital, espero que se sienta cómoda porque está en muy muy bueeeenas manos. Si gusta se sirve un café, es totalmente gratuito. Ya pues, no sea tímida, el café está muy muy bueeeeno…-Dijo después de pasar su dedo índice por la lengua para cambiar de pagina de un gran libro de actas.

El bebé saca de la cartera de su mamá un enorme puro cubano y un encendedor de esos que no se apagan (creo que Zippo es la marca) le da una quemada y le dice a la secretaria con una voz grave.

-Mira, metete el café donde mejor te quepa, estoy esperando hace mas de tres horas y media a que me hagan el puto control de niños sanos. Estoy cagao de hambre, creí que mi vieja tiene todo el tiempo del mundo huevoncita ah?

Esta con la cara inmóvil  le sonríe de oreja a oreja y le dice

-Muy muy bueeeenos días, es un placer que usted haya preferido nuestro hospital, espero que…

Y el pequeño dice a regaña dientes con el habano en sus manos

-Con estas huevonas nunca se puede hablar.

De adentro de la ambulancia empieza a sonar “Im the walrus” de Los Beatles. La gente empieza a aplaudir como si estuviera en un programa de televisión. Lo que me asusta aun mas, mi madre no está en ninguna parte. Se empieza abrir la puerta trasera de la ambulancia salen luces de colores como esas que ponen en las fiestas y la música de Los Beatles empieza a sonar nuevamente y de ella salen un grupo de enfermeros Clowns con unos zapatos enormes, narices rojas, pelo de colores y cara de sicópatas. Con mucho esfuerzo, demostrado con su pantomima, sacan al enfermo de la camilla. Dentro de ella no había nada y de la nada aparece una mimo gorda llorando en la a un lado de la camilla, los payasos se ríen de ella incluso le tiran agua con una pistola. En la sala de espera todos se reían desesperadamente y aplauden, aplauden y aplauden como zombies, como robots, como simple marionetas manejadas por un titiritero borracho. El espectáculo para mi es deplorable, la cara de sufrimiento de la señora mimo es cada vez más conmovedora y exagerada. Mi cabeza da vueltas y vueltas “como si hubiera bebido sicuta hermana vieja”

Caigo al suelo como  saco de papas y me rio de la nada como si me hubiera fumado un cogollo mutante.

Despierto… y algo me aprieta el brazo, una enfermera tosca que más parece acomodadora de Homecenter se le olvidó que me estaba tomando la presión. Ella fumaba uno de esos cigarros baratos y no se dio cuenta que huí, recorrí los pasillos del malogrado hospital y fue detenido por un par de brutos enfermeros navales que me amarraron a la camilla. Llegó el doctor, que debió haberse titulado en una universidad de poca monta, me tomó la temperatura, con su mano fría como un Helado York.

-¿Qué es lo que tiene?

-eeeeee fieb… respondo y él me interrumpe

-mmm Dipirona

-¡Pero soy alérgico doctor!

-mmm Dipirona, no hay duda.

No pudiendo escapar se me acerca el doctor con una jeringa de dos de casi 70 cm. No soporto el olor a pipeño que sale de su boca, la jeringa está a punto de atravesar mi apretado brazo y grito, grito, grito…

En la sala de espera todos me miran extraño… mi mamá me tiene abrazado.

RENE GONZALES… la secretaria dice mi nombre y a mi la fiebre se me quitó de golpe.

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