domingo, 4 de octubre de 2009

El Ermitaño


Por las calles camina un hombre solitario, nadie lo ve, todos están preocupados en sí mismos y en nadie más. A él tampoco le interesa ser visto. El no tiene más de 60 años, tiene una barba de viejo pascuero y el pelo un tanto largo, el cual está cubierto por un gorro de lana, como los que nos tejen las abuelas, de color azul marino. Sus ropas, un abrigo largo de color gris y bajo el un chaleco de alpaca de color beige. Sus piernas son cubiertas por un pantalón de mezclilla azul bastante desgastado, pero no roto y sus pies por unos grandes bototos de color café. Nada le combina, pero a él no le importa, las modas solo sirven para uniformar a las personas.
Mide alrededor de un metro ochenta y pesa alrededor de 87 kilos. Sus ojos son un poco achinados y de un color un poco más oscuro que la miel. Su rostro está lleno de arrugas, pero de esas que aparecen cuando nos reímos al lado de los ojos como unas patitas de gallo. Su piel se ve un poco gruesa y tostada como si hubiera pasado mucho tiempo bajo el sol, esto se ve reflejado en sus manos y en su cara.
Solo va a la cuidad a comprar lo indispensable para subsistir: Un poco de pan, unas sopas Maggie, un paquete de fideos y uno de arroz, algo de carne, verduras y por qué no un chocolate con almendras y un Belmont rojo de 20. Toma sus bolsas y se va a su casa. Camina como si no tuviera rumbo. Ya se ha alejado de la cuidad. El cemento de las calles ahora es tierra que mancha sus bototos, pero a él no le importa. A esa distancia el alumbrado eléctrico ya no existe, solo la luz de la luna lo acompaña.
Llega a la falda de un cerro lleno de arboles y de uno de ellos saca un farol, de su bolsillo saca una caja de fósforos que tenia la imagen de Freddy Mercury, toma uno, lo pasa por la parte áspera de la caja y con su fuego enciende el farol. Es un largo camino a casa. Se hunde en la profundidad de la vegetación. Camina por un sendero que el ya se sabe de memoria. Sube el cerro. Se queda quieto a escuchar los grillos. Le encantan los grillos. Cierra los ojos un momento y empieza a contar cuantos hay en escena, como si se tratara de una orquesta sinfónica. Sigue su camino. Las liebres y codornices arrancan cuando oyen sus pasos. No saben que el no es como las demás personas, que no les hará daño.
Saca uno de sus cigarros, lo enciende y aspira el humo lentamente, siente como camina por su tráquea hasta llegar a sus pulmones. Luego exhala y sale por su boca en forma de una paloma, quien da un par de vueltas y se deshace en el aire. Sonríe y sigue caminando.
Llega a su casa, la cual está ubicada en la cima del cerro. Abre la puerta, enciende unas velas, deja sus bolsas en un viejo sillón que tiene en su comedor y cuelga su abrigo en un perchero que se encontró hace un par de años saliendo de la ciudad. Se va a su habitación. Tiene una repisa llena de libros entre los títulos de la colección se encuentran El principito, La tregua de Benedetti, La Odisea, el antiguo testamento, La vida es sueño de Calderón, Don Quijote, Martin Rivas, el Aleph de Borges y su favorito, Cien años de soledad.
Se pone su pijama y se acuesta. Lee un momento medio dormido en una revista Muy Interesante que estaba en su velador un artículo sobre la flora y la fauna marina. Se duerme…
Abre los ojos. Esta en un playa muy linda. Tiene grandes montañas, debe ser una isla. Llora de emoción. Extrañaba el mar. Desde que se fue de su casa cuando era solo un adolecente que no lo veía. Desde que se fue su vida se basaba en estar en la soledad que amaba más que a nada. Solo acompañado por la orquesta de grillos y los personajes de los libros que leía. Y bajar una vez a la semana a la cuidad a comprar lo necesario para subsistir. Escuchaba el mar rugir y con un nudo en la garganta ríe de felicidad. Poco a poco se acerca a la orilla se saca los bototos y se moja los pies con la marea. Una lágrima cae de sus ojos y es absorbida por su barba. Camina hacia el mar, esta vez el agua salada le llega hasta el tronco se saca los pantalones, los tira, al igual que su camiseta. Ya no los necesita. Da un salto y se sumerge entregado totalmente a Poseidón. Nada, da vueltas de carnero en el mar, ve el sol reflejado en la superficie. Disfruta sentir su cuerpo contra la presión del mar. Logra respirar bajo el agua y juega con los peces que se le acercan curiosos. Toca los corales, un caballo de mar da vueltas alrededor de su cabeza y el sonríe y lo sigue. El espectáculo es indescriptible, una gama infinita de colores lo embriagan.
El ermitaño sigue al hipocampo rápidamente. Y su cuerpo comienza a desfragmentarse, convirtiéndose en un cardumen de peces de colores que bailan como si hubieran estado en encerrados mucho tiempo con las aletas amarradas. El cardumen se separa y cada pez toma su rumbo. El mar devuelve sus ropas a la orilla las cuales se convierten en arena…
El hombre solitario despierta. Aun está en su cama. Le echa un vistazo al artículo y ve a los peces de las fotografías. Suelta una lágrima. Se levanta, tomaría un nuevo rumbo y se llevaría todo lo necesario para subsistir, unas sopas Maggie, su abrigo, un paquete fideos y uno de arroz, su gorro de lana color azul marino –que lindo color- se diría a si mismo, el chocolate con almendras, lo que queda de los cigarros y por qué no un traje de baño…

No hay comentarios: