lunes, 16 de junio de 2008

Memorias de un ataúd / Nicanor Parra


Nací en una estupenda carpintería
pero lo divertido es lo que viene después
desde chico fui juguetón
me gustaba reírme de las urnas
me parecían demasiados solemnes
Después de pasar varios meses en el salón de ventas
gozando de una vida que me atrevo a calificar de feliz
puesto que nada turbaba la paz del recinto
donde yo me divertía a más no poder
a expensas de los demás ataúdes se comprende
-el único inconveniente era un olor espantoso a barniz-
después de varios meses repito
fui comprado por una dama vestida de luto
Me echaron en un aparato con ruedas
impulsado por un motor a bencina
que salió disparado por la ciudad
experiencia que no olvidaré jamás
puesto que de una plumada
mi vida cambió en 180º
pasé de la inmovilidad absoluta
a un estado de movimiento perpetuo
hasta que llegamos a una casa particular
donde fui depositado sobre una mesa de comedor



en esa mesa de comedor
debo haber permanecido varias horas
cuántas no sé porque pronto me quedé profundamente dormido
me sentía extenuado debido a los cambios de dirección del vehículo
a la obscuridad -a las fuertes impresiones-
ese mundo desconocido para mi
y el reloj de colgar que vi en el centro de una muralla
más las sillas y mesas en desorden por todas partes
aunque en el fondo de mi corazón
yo gozaba como jamás me lo hubiera imaginado
para empezar yo estaba cubierto de flores
a mis pies podía ver unos enormes candelabros eléctricos
que despedían una luz enceguecedora
ah, y también los cortinajes negros
adornados profusamente con lentejuelas de plata
cuál no sería mi alegría
al ver que yo era el centro de gravedad de aquel mundo fabuloso
las personas se acercaban a mí y miraban a través de mi ventanuco
se abrazaban a mí con grandes aspavientos
hechos que yo interpreté lo mejor que pude
Ya me empezaba a aburrir de esa película
que parecía proyectada a cámara lenta
por un espíritu que se solaza con el dolor de los desdichados
cuando de golpe la situación cambia en un 100%
me sacan de aquella sala siniestra
y me depositan ahora en un carruaje tirado por caballos
elegantísimos por cierto
claro que la dama vestida de negro
se aferraba a mí con todas sus fuerzas
dificultando las operaciones de los parientes
ese fue el día más glorioso de toda mi vida
porque mientras atravesábamos la ciudad
en dirección para mi desconocida
todos los peatones con que nos íbamos cruzando
se sacaban el sombrero con muestras de gran respeto
honor que todavía considero inmerecido
hasta que llegamos a una ciudad más pequeña
amurallada como en los tiempos antiguos
allí se dio comienzo a un espectáculo
que me emocionó hasta las lágrimas
grabándose en mi mente con caracteres indelebles
me refiero a los hermosos discursos
que diferentes personas pronunciaron en mi honor
y a las reiteradas manifestaciones de aprecio
de que me hacían objeto desde todos los ángulos
hasta que me descolgaron con todas las precauciones del caso
a este recinto en que ahora me encuentro
bajo una tonelada de flores
en espera de nuevos acontecimientos.

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